Cuando le dije que no me gustaba tener una cucaracha muerta y un pelo negro en mi sopa, lanzó en mi dirección la tortilla poco hecha en la cual pululaban gusanos blancos y la recibí en toda la cara. Pero créanme, me vengué. El día siguiente como ella estaba bebiendo a sorbos su vino de veneno de víbora le ofrecí obsequiosamente olivas verdes rellenas de escorpiones rojos y negros. Para el almuerzo le serví brochetas de sapos gigantes y una ensalada de ortigas en descomposición. ! Qué aroma tan embriagador! No dijo nada aunque yo pudiera ver que ella estaba a punto de estrangularme. Ese mismo día miríadas de medusas y un banco de pejes arañas aparecieron en el agua de mi bañera mientras me estaba lavando el pelo con mi champú a base de curare. A la cena me hizo comer un plato lleno de setas venenosas con una salsa de cicuta. Primero mi nariz se puso azul, luego se desprendió y cayó en mi vaso de vino de sangre de dragón de Komodo.
El día siguiente, por fin nos reconciliamos y comimos un príncipe azul fresco y graso, que habíamos capturado juntos delante de un night-club, antes de ver en televisión de alta definición una buena película “Love Story” . Lloramos hasta que no nos quedaron lágrimas cuando Jennifer, la heroína, se estaba muriendo en el hospital. Finalmente, cogidos del brazo, fuimos tumbarnos cariñosamente en una alfombra de madreselvas después de atiborrarnos de miel biológico. (El amor indudablemente es esencial pero no se puede olvidar la salud ante todo).






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